El sitio de su recreo

Publicado: 1 julio, 2015 en Sin categoría

Hasta ese momento todo parecía normal, normal hasta la náusea, absurdamente convencional, aburriiiiiido… desde luego nada de lo que esperaba nuestro sorprendido protagonista al ser convocado en un lugar tan fuera de su órbita habitual.
Mira de nuevo la nota que tiene en la mano, asegurándose que no ha confundido las señas y con un encogimiento de hombros guarda el papel, se recoloca el bombín y empieza a caminar en un solo movimiento fluido.
Incluso el olor en el aire sugiere tedio y horas muertas, zancadillas, escupitajos y gritos de desprecio al raro, al diferente, susurros, empujones, silencios que gritan muere, muere, muere…
Distorsiona la realidad apenas nada, lo justo para sentirse un poquito menos fuera de lugar. Apenas un soplo: un columpio que se mueve, una pelota que golpea una pared, juego de niños para alguien de su poder y capacidades pero que ayudaba, vaya si ayudaba.
No le gustaba nada de ese lugar, así que se limitaría a cruzar sin mirar demasiado las paredes grises adornada con corazones rotos demasiados años atrás, se sacudiría el olor a tiza rancia y a desayunos a medio comer y buscaría la razón por la que había sido mandado a llamar.
Carísimo de contratar, difícil de complacer y de un mal genio legendario el hombre que vemos pararse al pie del tobogán y recorrer con la mirada el patio vacío parece pequeño, como dibujado a escala y redimensionado para encajar en ese lugar de sufrimiento.
El silencio empieza a resultar sofocante, la luz excesiva y cada vez apesta más a rodillas peladas y tirones de pelo, aunque en un absurdo juego de prestidigitación no haya nadie por acá ni nadie por allá.
Esa simple frase hecha despierta el eco de una sonrisa en nuestro extraño que añora esos viejos tiempos jugando a la magia del modo inocente en que juegan los niños mortales. Añora la persecución, el anhelo, la búsqueda, añora hasta los pies que lo llevaron a la puerta del legítimo dueño del bombín.
Ni un minuto más, murmura enfadado, no pienso permanecer aquí ni el soplo de un suspiro.
Pero espera sesenta veces sesenta, que es lo acordado para desoír una llamada.
Definitivamente nadie, susurra a punto de guardar el artefacto que late con un ahogado tictaqueo.
Un segundo apenas, otro, otro más y diez latidos lo separan de despedirse de este lugar infernal.
Unos pies apresurados doblan la esquina antes del último.
Y por debajo de un nido de pájaros rubio y desgreñado dos ojos sin malicia preguntan: Disculpe, señor, ¿dónde están los niños?.

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