Archivos para julio, 2015

Little Big Horn

Publicado: 1 julio, 2015 en Sin categoría
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Latido, disparo, muerte… Ruedo hasta la siguiente posición bailando contra las luces que amortajan en crudo neón los cuerpos extraños.

El próximo disparo delatará donde me escondo, así que me tomo unos cuantos segundos de más antes de correr agazapado, preguntándome con una calma absurda si tendrán latidos en sus cuerpos tuberosos o de qué forma calculan el paso del tiempo en medio del caos.

La filosofía no me sacará de esta así que sigo adelante.

Te venden la grandeza y la gloria y un millón de mundos por descubrir, pero nadie te habla de la insignificancia y el vacío y la indiferencia de las estrellas.

Y al final se reduce a lo mismo de siempre, a luchar.

Ellos tienen algo y nosotros lo queremos, así que en medio de la nada y el infierno me muevo de columna en columna, pistola en mano, intentando anticipar donde no va a restallar el próximo rayo de la muerte y estar allí en el momento que no lo haga, para poder seguir contando latidos.

No pensé llegar tan lejos.

Bajo la luz muerta de estrellas que latieron para otros cielos antes que el mío sigo adelante. Me muevo, corriendo para ganar un par de metros más, hasta otra columna, otro hueco, arrastrando mi culo debajo de lo que podría ser la prima esquizoide de una mesa sin soltar el arma que también ha visto mejores días.

Hemos caído, no hay esperanza y soy el último en la última batalla, un cliché tan gastado que me daría risa si no apestase.

No quiero morir tan lejos de c…

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Suertes al por menor

Publicado: 1 julio, 2015 en Sin categoría

¡Se acabó el juego! Escupió entre dientes la frase, mientras esperaba el avance de la siguiente oleada plantando firme los dos pies en el suelo.
Un castillo de plexiglás en el centro de un parque infantil tal vez no sea el mejor sitio para plantar cara, pero nadie elige el lugar donde lo va a pillar el fin del mundo, además, reflexionó, un castillo es un castillo y siempre es defendible ante un asedio.
El pequeño foso hecho para asustar a los pequeñajos, de hecho, supuso al final la diferencia crucial entre caer o seguir, y, digámoslo claro, tener alguna opción de atravesar el apocalipsis y ver que había al otro lado.
Aunque claro, para eso todavía había que seguir vivo un minuto más, una hora más, una oleada más y rezar (a nadie en concreto, aunque esa sea la mayor de las ironías en medio del armagedón) porque fuera la última.
Secar el sudor de las palmas, flexionar las rodillas, apartar el pelo de los ojos, echar una ojeada sobre el parapeto… Tics y manías que marcaban el tiempo mucho mejor que los relojes inservibles que jalonaban el parque, incapaces de ponerse de acuerdo en si eran las diez de la mañana o las ocho de la tarde.
Ver el cielo ayudaría tanto, pero fue lo primero que perdimos a manos de estos cabrones que, oleada a oleada, nos han ido arrebatando a pedacitos el mundo que creíamos tan nuestro y tan seguro.
Claro que ya estábamos advertidos que la soberbia nos llevaría al infierno de cabeza.
Lamentarse es de estúpidos y los estúpidos no sobreviven, se recordó.
Crujió los nudillos y estiró una a una las articulaciones entumecidas… Por suerte no hay elemento sorpresa en un castillo traslucido, pero es inevitable asomarse una vez más para controlar si se acercan o no.
Ni un alma a la vista, susurró, riendo entre dientes de su juego de palabras, tan tonto como todos los juegos de palabras, pero, que cojones, no había nadie para acusarlo de hacer chistes malos como un dolor.
No fue por falta de advertencias, más bien al contrario, estábamos saturados hasta el hartazgo de que hubiese un apocalipsis en cada esquina, un fin del mundo en cada telediario y un horror agazapado tras cada página escrita.
Eso hizo que nos saltásemos las señales, ahogadas en el ruido blanco de información que todos teníamos a un clic de distancia.
Y nos pillaron desprevenidos.
En mi caso sacando brillo a un castillo de juguete.

El sitio de su recreo

Publicado: 1 julio, 2015 en Sin categoría

Hasta ese momento todo parecía normal, normal hasta la náusea, absurdamente convencional, aburriiiiiido… desde luego nada de lo que esperaba nuestro sorprendido protagonista al ser convocado en un lugar tan fuera de su órbita habitual.
Mira de nuevo la nota que tiene en la mano, asegurándose que no ha confundido las señas y con un encogimiento de hombros guarda el papel, se recoloca el bombín y empieza a caminar en un solo movimiento fluido.
Incluso el olor en el aire sugiere tedio y horas muertas, zancadillas, escupitajos y gritos de desprecio al raro, al diferente, susurros, empujones, silencios que gritan muere, muere, muere…
Distorsiona la realidad apenas nada, lo justo para sentirse un poquito menos fuera de lugar. Apenas un soplo: un columpio que se mueve, una pelota que golpea una pared, juego de niños para alguien de su poder y capacidades pero que ayudaba, vaya si ayudaba.
No le gustaba nada de ese lugar, así que se limitaría a cruzar sin mirar demasiado las paredes grises adornada con corazones rotos demasiados años atrás, se sacudiría el olor a tiza rancia y a desayunos a medio comer y buscaría la razón por la que había sido mandado a llamar.
Carísimo de contratar, difícil de complacer y de un mal genio legendario el hombre que vemos pararse al pie del tobogán y recorrer con la mirada el patio vacío parece pequeño, como dibujado a escala y redimensionado para encajar en ese lugar de sufrimiento.
El silencio empieza a resultar sofocante, la luz excesiva y cada vez apesta más a rodillas peladas y tirones de pelo, aunque en un absurdo juego de prestidigitación no haya nadie por acá ni nadie por allá.
Esa simple frase hecha despierta el eco de una sonrisa en nuestro extraño que añora esos viejos tiempos jugando a la magia del modo inocente en que juegan los niños mortales. Añora la persecución, el anhelo, la búsqueda, añora hasta los pies que lo llevaron a la puerta del legítimo dueño del bombín.
Ni un minuto más, murmura enfadado, no pienso permanecer aquí ni el soplo de un suspiro.
Pero espera sesenta veces sesenta, que es lo acordado para desoír una llamada.
Definitivamente nadie, susurra a punto de guardar el artefacto que late con un ahogado tictaqueo.
Un segundo apenas, otro, otro más y diez latidos lo separan de despedirse de este lugar infernal.
Unos pies apresurados doblan la esquina antes del último.
Y por debajo de un nido de pájaros rubio y desgreñado dos ojos sin malicia preguntan: Disculpe, señor, ¿dónde están los niños?.