Percepción Distorsionada

Publicado: 23 octubre, 2016 en Sin categoría

El espejo es mi enemigo. Hace tiempo ya que evito sus mentiras, esquivando mi imagen. Intento realizar todas las tareas cotidianas sin mirarlo.
De hecho ni siquiera tendría uno si no fuera porque vivo con un hombre. Y él necesita afeitarse.
No es fácil recuperarse de un problema como el mío, se tarda mucho tiempo.
La mayor parte de las veces, toda la vida.
No se trata sólo de que la imagen que devuelve es incorrecta, ni siquiera de que soy incapaz de descubrir donde está lo erróneo, eso es tan falso como la idea de que mi problema está en la comida.
El problema real está en el control. O mejor dicho, en la falta de control.
El espejo me miente y mi sentido común se va de vacaciones, dejando sólo un ansia voraz y un profundo aborrecimiento.
Y el sabor a vómito en mi boca.
Y la promesa de que es la última vez.
Pero… me atrae, no puedo escapar de sus embustes, me consuelo con lo único que me alivia y vuelvo a repugnarme por no poder dominar mis apetitos.
Sé que tengo un problema, claro está.
Lo que no sé es cómo solucionarlo.
A estas alturas mi pelo ha perdido todo el brillo que tenía (incluso ha cambiado de color), mis dientes tienen un tono amarillento, las uñas se me rompen solas y me mareo cuando hago ejercicio.
Embaucador, vuelvo una y otra vez a mi infeliz desvarío y en un intento de acabar con mi esclavitud, le imploro, le suplico, me enfado.
Destrozo el reflejo, multiplicando a mis pies su mirada.
Pero el cristal no modifica su sentencia.
La báscula tampoco.
Tengo que hacer algo concluyente.
Cirugía, tal vez.
Cirugía casera.

Credo.

Publicado: 5 abril, 2016 en Sin categoría

Creo en la pervivencia
y la perseverancia de la energía.
Creo en la Fuerza
y que no está muerto lo que yace eternamente.
Creo en Fantasía y su emperatriz.
Creo en Alicia (aunque ella ya no crea en sí misma) y en los Eternos.
Creo que no es un pájaro, ni un avión.
Creo que todo viaje empieza con un paso y que los leones siempre pagan lo que deben.
Creo… qué sé algo que vos no sabéis.
Creo en los astros y lo que vive (y perdura) más allá.
Creo en la magia y sus artificios y en quimeras que me defienden de la locura.
Creo en espadas, pistolas, sables, lásers y en unos revólveres con culata de sándalo.
Creo en tus ojos.
Creo que Casiopea me guiará hasta las horas de tu tiempo.
Creo en Elíseos y mundos más allá de las tinieblas.
Creo que la espada del destino tiene un filo doble.
No creo, ni quiero creer, en armaduras oxidadas, zonas erróneas, ni que Dios viniera en una puñetera Harley.
Porque yo…
Yo creo firmemente que la ficción salvó mi vida y mi cordura.

Take this waltz

Publicado: 6 marzo, 2016 en Sin categoría

Toma mi mano.

Bailemos.

No mires a tu alrededor.

Nada importa.

Nada excepto tú y yo.

Tu, yo y el vals…

¿Sabes? No pensé que volvería a tener una oportunidad así.

No en esta vida.

Tú y yo ya hemos bailado antes.

Shhhhh…

Sé que no lo recuerdas.

Yo tampoco.

Pero tus ojos…

Me miraste y te reconocí.

Y supe que tenerte de nuevo en esta vida era un milagro.

Porque yo sabía quien eres, aunque tú no.

Mírame, por favor.

No apartes tus ojos de los míos.

Y escucha…

¿No?

¿Aún no me recuerdas?

¿Aún no nos recuerdas?

Te pediría que cerrases los ojos, pero no puedo, necesito que me mires para poder perderme en ellos hasta que nos encuentre.

No llores.

Por favor.

Mírame.

Recuerda.

Ámame.

Quiero ser tu esclavo.

Tu amante.

Que no vuelvas a dejarme nunca.

No, no cierres los ojos.

No me tengas miedo.

Solo deja que la música te una a mí, de nuevo.

Tócame.

¿No lo sientes?

Es imposible que no me recuerdes.

Estás muy tensa.

Solo déjate llevar.

Un, dos, tres, giro.

¡No!

¡Así no!

Tienes que girar conmigo.

Siempre has girado conmigo.

¿Qué te pasa?

No puedes haber cambiado tanto…

Es otro pelo, otro cuerpo, tu boca no es la misma…

Pero son tus ojos.

Estoy seguro.

No puedo haberme equivocado.

No otra vez.

¡No mires a tu alrededor, he dicho!

Ninguna de ellas importa.

No eran tú.

No sabían bailar.

Treinta y dos escalones.

Publicado: 7 septiembre, 2015 en Sin categoría

Nadie me cree nunca cuando lo cuento, no sé por qué razón iba a ser diferente ahora, pero si os interesa, allá va:
Cuando era más pequeña (de edad, no de tamaño, deja de reírte, gilipollas) había alguien más en mi casa, algún tipo de espectro, presencia o fantasma, que vivía con nosotros…
¿Ves? Ya estáis pensando lo mismo que ha pensado todo el mundo antes, que cuando somos críos tenemos una imaginación increíble, que es normal que a determinada edad no sepa distinguir una alucinación de lo real, por eso no sé por qué os habéis empeñado en que lo cuente ni por qué insistís en que siga…
Bueno, el caso es que tampoco era una aparición espectacular, ni nada por el estilo, o sea, se trataba sólo de unos pasos subiendo las escaleras, de prisa, casi corriendo, para, una vez completados los treinta y dos escalones pararse de golpe…
Después, de forma inevitable todos los sentidos del que escuchaba (o sea yo) se enfocaban a la terraza, al tejado, como si de un momento a otro fuera a caer algo por allí, sólo que nunca caía nada más pesado que el silencio.
Nada espectacular, ya os digo, sin embargo, la alegría que podías percibir en los pasos devorando escalones, deseando llegar a su destino y lo brusco de su interrupción, el momento de tensión y luego el silencio… era escalofriante.
Eran siempre los mismos pasos, siempre los mismos treinta y dos escalones… y yo conozco de sobra los pasos de mi gente, igual que nos pasa a todos…  cuando vives con alguien el suficiente tiempo acabas distinguiendo hasta algo tan mínimo como los vicios al caminar, además, os repito que eran siempre los mismos pasos livianos y siempre los mismos treinta y dos escalones… lo más curioso de todo quizás es que esa escalera tenga algunos escalones más, pero con la prisa que mi pequeña fantasma llevaba, imagino que algunos se los saltaba de dos en dos…
Os estoy aburriendo, entre que ni siquiera me creéis y que mi historia no es gran cosa… cállate, no digas que no, que te he visto bostezar…
Por lo demás, sí, hay más cosas, pero prometo que acabaré rápido con ellas, siempre he podido encontrar suficientes explicaciones, quiero decir, las sombras en los espejos, los vasos que explotan solos y las pesadillas son mucho más sencillas de racionalizar que esos pasos suaves atronando en la escalera.

Además, supongo que esas otras cosas os han pasado a todos, deben ser como los déjà vu, que todo el mundo los tiene, muy, muy común debe ser porque toda la literatura está plagada de semejantes tópicos, de huellas en los espejos, vahos fríos y cosas que no están dónde deberían… y, por supuesto, de niñas pequeñas con pesadillas.
Si esperabais algo más dramático, lo siento, mi pequeña historia de fantasmas, por no tener no tiene ni siquiera solución, no sé quién vivió en esa casa y tampoco tengo ni idea de por qué frena en la puerta del piso de arriba. Es decir, tengo alguna sospecha, un par de certezas indemostrables y una o dos hipótesis posibles, pero ya no os aburro más, ha sido él quien se ha empeñado en que os lo cuente y que nadie diga que no lo advertí…

Mambo nº5

Publicado: 7 septiembre, 2015 en Sin categoría

El silencio de la habitación explota con un golpe seco y un contrapunto líquido cada vez que repito la pregunta

¿Dónde?

estallido

¿tienes?

gorgoteo

¿mi?

gemido

¿nave?

silencio…

Me he despellejado los nudillos contra sus dientes y apenas acabamos de empezar a bailar… Va a ser un día muy largo… Aunque a decir verdad va a ser mucho más largo para el desgraciado este…

¿Dónde?

crujido

¿tienes?

chapoteo

¿mi?

quejido

¿nave?

silencio…

Joder, me pregunto por qué el pavo éste eligió la mía entre todas las que podía levantarse en el aparcamiento, pero seguro que a estas alturas está muy, pero que muy arrepentido de no haber pasado de largo cuando se cruzó con mi nena…

¿Dónde?

chasquido

¿tienes?

borboteo

¿mi?

sollozo

¿nave?

silencio…

Mira que tiene aguante el hijoputa y no hay forma de que diga donde la tiene…

¿Dónde?

estampido

¿tienes?

burbujeo

¿mi?

silencio…

 

Oh, mierda…

Little Big Horn

Publicado: 1 julio, 2015 en Sin categoría
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Latido, disparo, muerte… Ruedo hasta la siguiente posición bailando contra las luces que amortajan en crudo neón los cuerpos extraños.

El próximo disparo delatará donde me escondo, así que me tomo unos cuantos segundos de más antes de correr agazapado, preguntándome con una calma absurda si tendrán latidos en sus cuerpos tuberosos o de qué forma calculan el paso del tiempo en medio del caos.

La filosofía no me sacará de esta así que sigo adelante.

Te venden la grandeza y la gloria y un millón de mundos por descubrir, pero nadie te habla de la insignificancia y el vacío y la indiferencia de las estrellas.

Y al final se reduce a lo mismo de siempre, a luchar.

Ellos tienen algo y nosotros lo queremos, así que en medio de la nada y el infierno me muevo de columna en columna, pistola en mano, intentando anticipar donde no va a restallar el próximo rayo de la muerte y estar allí en el momento que no lo haga, para poder seguir contando latidos.

No pensé llegar tan lejos.

Bajo la luz muerta de estrellas que latieron para otros cielos antes que el mío sigo adelante. Me muevo, corriendo para ganar un par de metros más, hasta otra columna, otro hueco, arrastrando mi culo debajo de lo que podría ser la prima esquizoide de una mesa sin soltar el arma que también ha visto mejores días.

Hemos caído, no hay esperanza y soy el último en la última batalla, un cliché tan gastado que me daría risa si no apestase.

No quiero morir tan lejos de c…

Suertes al por menor

Publicado: 1 julio, 2015 en Sin categoría

¡Se acabó el juego! Escupió entre dientes la frase, mientras esperaba el avance de la siguiente oleada plantando firme los dos pies en el suelo.
Un castillo de plexiglás en el centro de un parque infantil tal vez no sea el mejor sitio para plantar cara, pero nadie elige el lugar donde lo va a pillar el fin del mundo, además, reflexionó, un castillo es un castillo y siempre es defendible ante un asedio.
El pequeño foso hecho para asustar a los pequeñajos, de hecho, supuso al final la diferencia crucial entre caer o seguir, y, digámoslo claro, tener alguna opción de atravesar el apocalipsis y ver que había al otro lado.
Aunque claro, para eso todavía había que seguir vivo un minuto más, una hora más, una oleada más y rezar (a nadie en concreto, aunque esa sea la mayor de las ironías en medio del armagedón) porque fuera la última.
Secar el sudor de las palmas, flexionar las rodillas, apartar el pelo de los ojos, echar una ojeada sobre el parapeto… Tics y manías que marcaban el tiempo mucho mejor que los relojes inservibles que jalonaban el parque, incapaces de ponerse de acuerdo en si eran las diez de la mañana o las ocho de la tarde.
Ver el cielo ayudaría tanto, pero fue lo primero que perdimos a manos de estos cabrones que, oleada a oleada, nos han ido arrebatando a pedacitos el mundo que creíamos tan nuestro y tan seguro.
Claro que ya estábamos advertidos que la soberbia nos llevaría al infierno de cabeza.
Lamentarse es de estúpidos y los estúpidos no sobreviven, se recordó.
Crujió los nudillos y estiró una a una las articulaciones entumecidas… Por suerte no hay elemento sorpresa en un castillo traslucido, pero es inevitable asomarse una vez más para controlar si se acercan o no.
Ni un alma a la vista, susurró, riendo entre dientes de su juego de palabras, tan tonto como todos los juegos de palabras, pero, que cojones, no había nadie para acusarlo de hacer chistes malos como un dolor.
No fue por falta de advertencias, más bien al contrario, estábamos saturados hasta el hartazgo de que hubiese un apocalipsis en cada esquina, un fin del mundo en cada telediario y un horror agazapado tras cada página escrita.
Eso hizo que nos saltásemos las señales, ahogadas en el ruido blanco de información que todos teníamos a un clic de distancia.
Y nos pillaron desprevenidos.
En mi caso sacando brillo a un castillo de juguete.

El sitio de su recreo

Publicado: 1 julio, 2015 en Sin categoría

Hasta ese momento todo parecía normal, normal hasta la náusea, absurdamente convencional, aburriiiiiido… desde luego nada de lo que esperaba nuestro sorprendido protagonista al ser convocado en un lugar tan fuera de su órbita habitual.
Mira de nuevo la nota que tiene en la mano, asegurándose que no ha confundido las señas y con un encogimiento de hombros guarda el papel, se recoloca el bombín y empieza a caminar en un solo movimiento fluido.
Incluso el olor en el aire sugiere tedio y horas muertas, zancadillas, escupitajos y gritos de desprecio al raro, al diferente, susurros, empujones, silencios que gritan muere, muere, muere…
Distorsiona la realidad apenas nada, lo justo para sentirse un poquito menos fuera de lugar. Apenas un soplo: un columpio que se mueve, una pelota que golpea una pared, juego de niños para alguien de su poder y capacidades pero que ayudaba, vaya si ayudaba.
No le gustaba nada de ese lugar, así que se limitaría a cruzar sin mirar demasiado las paredes grises adornada con corazones rotos demasiados años atrás, se sacudiría el olor a tiza rancia y a desayunos a medio comer y buscaría la razón por la que había sido mandado a llamar.
Carísimo de contratar, difícil de complacer y de un mal genio legendario el hombre que vemos pararse al pie del tobogán y recorrer con la mirada el patio vacío parece pequeño, como dibujado a escala y redimensionado para encajar en ese lugar de sufrimiento.
El silencio empieza a resultar sofocante, la luz excesiva y cada vez apesta más a rodillas peladas y tirones de pelo, aunque en un absurdo juego de prestidigitación no haya nadie por acá ni nadie por allá.
Esa simple frase hecha despierta el eco de una sonrisa en nuestro extraño que añora esos viejos tiempos jugando a la magia del modo inocente en que juegan los niños mortales. Añora la persecución, el anhelo, la búsqueda, añora hasta los pies que lo llevaron a la puerta del legítimo dueño del bombín.
Ni un minuto más, murmura enfadado, no pienso permanecer aquí ni el soplo de un suspiro.
Pero espera sesenta veces sesenta, que es lo acordado para desoír una llamada.
Definitivamente nadie, susurra a punto de guardar el artefacto que late con un ahogado tictaqueo.
Un segundo apenas, otro, otro más y diez latidos lo separan de despedirse de este lugar infernal.
Unos pies apresurados doblan la esquina antes del último.
Y por debajo de un nido de pájaros rubio y desgreñado dos ojos sin malicia preguntan: Disculpe, señor, ¿dónde están los niños?.

Historia compartida, parte 1, por Moria Puch

http://soymoriapuch.wordpress.com/2014/05/17/historia-compartida-parte-1-por-moria-puch/

Un par de movimientos expertos y estuvo lista para (casi) cualquier cosa, aunque Gian daría alguno de los dedos que aún le quedaban para que no fuera contra esa aberración escalofriante. Todavía podía olerla por encima del cobre y la mierda de la vaca hecha pedazos.

            -Vámonos de aquí, Gino, tal vez decida volver a por un segundo plato.

Tiró impaciente del brazo del aturdido jefe de expedición y le indicó por señas el sendero marcado por el uso.

Se pusieron en marcha, cuidando cada uno de las espaldas del otro, sabiendo, mitad instinto, mitad práctica, donde poner los pies para evitar ser uno más de los recordados.

Gian prefería mil veces una noche de guardia a un minuto de ¿recuerdas?, todos parloteando sobre como solía ser esto o aquello. Por lo que a él se refería no recordaba nada de antes y no necesitaba esas gotas de nostalgia envenenada.

La mejor forma de hacer cualquier cosa, se recordó, era estar alerta, moverse, adaptarse y sobrevivir.

Y no dejar nada que pueda ayudar a los que quedan en casa…

-Gino, deberíamos volver a por esa carne.

            -Ni loco, enano, no merece la pena.

            -¿No? ¿En serio? Algo de carne fresca para los pequeños ¡qué carajo! algo de carne para todos… tal vez el hígado esté entero…

            -No, acabas de decir que eso puede volver y no quiero estar ahí cuando pase.

            -Se asustó la primera vez ¿no? Además, ya hemos perdido la leche de esa vaca, no podemos desperdiciar nada más y lo sabes.

Con un resoplido tuvo que darle la razón al pequeñajo y volver sobre sus pasos, odiando cada centímetro que lo llevaba de vuelta a donde no debería estar ninguna persona con la cabeza sobre los hombros.

Por lo menos no era de noche y podrían oírlo acercarse, porque esta vez iban alerta y seguro que no había sido todo tan rápido como su cerebro quería hacerle creer, además Gian llevaba lista la escopeta y no los iba a pillar despistados y el muy mocoso tenía razón, volver con las manos era imperdonable por mucho miedo que tuviese, aunque no debería tenerlo porque no hay nadie como Gian para cubrirle las espaldas a uno hasta de esa cosa maloliente…

            -Ya casi estamos – dijo entre susurros.

            -Puedo verlo, gracias, no soy tan… ¿Qué mierdas es eso?.

Historia compartida, parte 3, por Aurora Losa

http://ladesdichadesersalmon.wordpress.com/2014/05/18/historia-compartida-parte-3-por-aurora-losa/

Sin Edén ni paraísos

Publicado: 21 abril, 2014 en Sin categoría

Me pregunto quién decide lo que es una mala hierba.
¿Qué clase de pregunta es esa?
No lo sé, sólo que no entiendo porque a algunas plantas las llaman así.
Supongo que porque no se comen…
Las rosas tampoco se comen y nadie las llama malas.
Pero las rosas son distintas
¿Por qué?
Porque son bonitas.
¿Y qué tienen de feo esas florecitas amarillas que crecen al borde de los caminos? ¿por qué a ellas no las quiere nadie?.
Porque crecen solas y ahogan a las otras, a las plantas de comer, por ejemplo.
A lo mejor crecen así porque saben que las llaman malas hierbas, a lo mejor si nadie les dijera nada…
Si nadie les dijera nada ¿qué?
No tendrían necesidad de ir ahogando a nadie, a lo mejor se limitarían a crecer y ser amarillas y soleadas, nada más.
Cómo va a saber una planta que la llaman así, está en su naturaleza, no puede evitarlo.
A lo mejor lo saben porque desde chiquititas están intentando arrancarlas, quemarlas, erradicarlas y para sobrevivir tienen que hacerse fuertes, aunque sea a costa de los demás.
¿Cómo tú y yo?
Exacto, preciosa, como nosotras.